Fundación Sida i Societat
Vivimos en un mundo donde los instrumentos legales de la sociedad civil y de política internacionales y regionales supuestamente han definido las obligaciones de los estados en las tareas de prevención, erradicación y castigo contra todo tipo de violencia contra las mujeres. Eso es lo que se nos dice a través de nuestros gobiernos de turno y lo que usualmente no se menciona en los medios de comunicación tradicionales. En estos momentos, el 29% de los gobiernos afirma que carece de leyes o políticas para prevenir la violencia contra las mujeres.
Desde la Fundación Sida i Societat creemos que existe una necesidad urgente de prestar más atención a todo tipo de violencias contra las mujeres en todos los ámbitos, especialmente a través de la inversión en educación, sensibilización, y apoyos técnicos y financieros, como un proceso continuo a mujeres y hombres, especialmente en los países que según sus IDH, están menos desarrollados y, especialmente, en países como Guatemala, que están sumidos en conflictos que van mucho más allá de una problemática meramente social.
En este sentido, es necesaria una perspectiva cohesionada y estratégica por parte de gobiernos, comunidad internacional y sociedad civil. La eliminación de la violencia contra todas las mujeres debe ser una política prioritaria para que una sociedad pueda comenzar a sanar heridas y caminar hacia la equidad social, de clase y género.
En uno de los informes de la Relatora especial de Naciones Unidas para la violencia contra las mujeres, Yakin Ertürk, señalaba: «Los vínculos entre la violencia contra las mujeres y el VIH/sida son irrefutables, [pero] los estados aún tienen que crear respuestas integradas y efectivas. Aunque se están realizando avances por separado para terminar con la violencia contra las mujeres y detener el avance del VIH/sida, los esfuerzos nacionales e internacionales serían mucho más efectivos si se dedicaran a la interconexión entre ambas pandemias».
Tal y como señala en la presentación del libro el Presidente de la Fundación Sida i Societat, Jordi Casabona, “La vida a tragos. Historia de Guatemala” relata un trabajo que durante cuatro años se viene realizando con trabajadoras sexuales de distintos municipios del Departamento de Escuintla, Guatemala. “Demasiadas veces las intervenciones sanitarias dirigidas a esta población se explican sin tener en cuenta a las propias mujeres; hablamos de objetivos y de resultados sin consultarlas ni dejar que ellas digan su opinión o participen activamente en los proyectos. Aparte de que técnicamente sería erróneo intentar fomentar actitudes y conductas de menor riesgo para la adquisición del VIH y de otras infecciones de transmisión sexual (ITS) sin involucrarlas en la intervención, no tener en cuenta el contexto y las sensibilidades de las trabajadoras sexuales es una falta de respeto a un colectivo al que históricamente se ha tratado con demasiada hipocresía”.
“La vida a Tragos. Historias de Guatemala” tiene como propósito explicar y sensibilizar a una sociedad como la nuestra, ajena a lo que acontece a diario en sociedades que creemos conocer, que creemos en paz y que creemos en vías de un concepto impuesto de desarrollo. Quienes tengan en sus manos esta publicación se encontrarán de frente con un contexto social, pero también con recuerdos, ilusiones y miedos de las trabajadoras sexuales y su trabajo, del que en muchas ocasiones se sienten justamente orgullosas. En este sentido, el riguroso trabajo de Bru Rovira y de Juan Carlos Tomasi no necesita más presentación que la que ofrecen sus textos y sus fotografías.
Y para facilitar elementos de análisis y discusión, se han incluido unas breves notas introductorias redactadas por personas referentes en su ámbito de actuación. Así, Alba Estela Maldonado desde lo social y el activismo político, Peter Piot, Txema Calleja y Sarah Russell desde lo sanitario y el lideraje institucional, y Juan José López Burniol desde el punto de vista jurídico y ético, hacen un breve análisis sobre la violencia y su relación con la salud, tanto individual como colectiva.
Extractos del Libro Mujer y violencia en América Latina
Alba Estela Maldonado
Feminista y luchadora social. Militante revolucionaria desde su adolescencia y actualmente secretaria general adjunta del partido Unidad Revolucionaria Nacional Guatemalteca
“El Informe Mundial Sobre la Violencia y la Salud, 2002, de la Organización Mundial de la Salud, indica que la violencia intrafamiliar existe en todas las sociedades, culturas y niveles económicos. La Organización Panamericana de la Salud registró que una de cada tres mujeres en algún momento de su vida ha sido víctima de la violencia sexual, física o psicológica perpetrada por hombres. El 33% de las mujeres entre 16 y 49 años ha sido víctima de acoso sexual. Al menos el 45% ha sido amenazado, insultado o ha visto la destrucción de su propiedad personal. En las economías desarrolladas la violencia contra las mujeres es responsable de uno de cada cinco días de vida saludable perdidos en mujeres en edad reproductiva. Entre el 10% y el 50% de mujeres en cada país ha sufrido abuso físico por parte de su pareja. En América Latina, entre un cuarto y más de la mitad de las mujeres informan de que han sido víctimas de abusos por sus parejas (...)”
“La muerte violenta de mujeres por ser mujeres es histórica, pero la magnitud y los efectos son más evidentes ahora porque se relaciona con la impunidad y la inefectividad e inacción de las autoridades en el marco de una sociedad global, pese a la instauración de democracias y la existencia de leyes y convenios internacionales suscritos por la mayoría de gobiernos (...)”
“Es necesario mostrar esta violencia y vencer la impunidad sobre estos crímenes logrando que los estados sean garantes de una vida libre de violencia y del goce de los derechos humanos también para las mujeres, más de 50% de la población del planeta, y tener como objetivo que la sociedad sea más plena y más libre (...)”
“La violencia de género, con la impunidad como correlato, tiene connotaciones de un flagelo social allí donde los estados son débiles, han sido debilitados y el estado de derecho tiene dificultades para construirse. No se detendrá hasta que se produzca una acción organizada estatal con apoyo y respaldo social que pare su escalada y prevenga una mayor violencia.
La impunidad debilita e impide el funcionamiento de la institucionalidad, convierte a los organismos encargados de la seguridad, la investigación y la administración de justicia en inoperantes, lo que estimula la inseguridad y la violencia. Tiene que ver con la falta de penalización y la naturalización de la violencia permanente y diaria, con la complacencia e incluso la comprensión de las autoridades hacia el agresor, con la culpabilización de la víctima que transgrede el orden establecido, y con el hecho de que las autoridades incumplen con su obligación de proteger a la mujer y perseguir y penalizar al delincuente.
Se ha avanzado mundialmente en la aprobación y ratificación de leyes, tratados y convenciones internacionales y en la legislación nacional de casi todos los países. Se requiere, por ello, la adecuación de las normativas de los estados correspondiente a esta realidad y necesidades, la creación de nuevos conceptos, instituciones y tipificaciones que tengan en cuenta la especificidad y el contexto en que se producen estos delitos de género, realizando reformas de códigos y leyes que mantienen tipos delictivos impregnados de anacronismos y concepciones androcentristas (...)”
“La violencia contra la mujer puede y debe ser prevenible. Los estados deben proteger y atender debidamente las denuncias de las mujeres, persiguiendo y castigando el delito y construyendo socialmente valores de justicia e igualdad, garantizando a las mujeres el derecho primigenio e inalienable de vivir.”
Extractos del libro “La vida a Tragos. Historias de Guatemala”
Por Bru Rovira
“Dayana, «la Loba»
Dayana tiene tatuado un tigre en el estómago y una loba con adorno de rosas en la espalda. Don Félix y yo la miramos ducharse completamente desnuda en el fregadero del patio. Hace un sol de justicia y la muchacha parece disfrutar del frescor del agua mientras con una mano se enjabona a conciencia (el pelo, los pechos de pezones oscuros, las caderas, los muslos, los dedos de los pies) y con la otra se tapa pudorosamente el pubis. Sólo nos da la espalda para enjuagarse, y parece que lo haga a cámara lenta cuando llena un cazo en el lavadero, lo sostiene en el aire y lo inclina levemente dejando que el agua se derrame lentamente sobre su piel canela, gozando hasta la última gota.
Don Félix la mira de reojo mientras la chica se acerca caminando de puntillas envuelta en una toalla, se dirige a su habitación y regresa con unas botas de plataforma en la mano.
Don Félix (el Gato, le llaman las chicas) es zapatero. Está sordo como una tapia y su cuerpo enjuto y arrugado parece encontrar en la postración la forma natural de su figura de tullido. Todos los días se pasa por el Club San Diego por si hay algún remiendo.
—Habrá que coser —dice examinando una de las botas, rasgada a la altura de la pantorrilla.
A plena luz del día, las botas de Dayana están para tirarlas. Lo mismo les ocurre a las medias, los tangas y los bodies que cuelgan descoloridos en los tenderos a la espera de que llegue la oscuridad de la noche y las luces estroboscópicas de la pista de baile los hagan renacer refulgiendo glamour. Incluso las desconchadas mesitas de obra vista y sus sombrillas de paja parecen una fantasía de playa caribeña cuando cae la noche y se abren los neones del patio.
—Ven —dice Dayana cogiéndome de la mano para invitarme a pasar a su habitación.
Aquí vive y aquí recibe a los clientes. Techo de chapa. Paredes de tablas de madera. Una bombilla desnuda. Una mesita de camping repleta de perfumes. Cremas. Maquillaje. Una bolsa de plástico con las fotos de la familia. Una caja de condones.
Las moscas revolotean en el aire y las cucarachas se esconden bajo el colchón. Dayana, envuelta en una toalla, el cuerpo joven exhalando a jabón, se sienta en la cama con las piernas cruzadas.
Cuenta su historia.
Tenía quince años. Iba camino del colegio, en un pueblito cerca de Managua, cargando una mochila con los cuadernos escolares y el almuerzo. Tres hombres la pararon y la arrastraron hasta el bosque donde la tomaron, uno detrás del otro.
—Me dejaron bañada en sangre en mis partes —recuerda.
Pero Dayana no se lo contó a nadie. Se lavó «bien limpia». Lloró. Y calló.
Papá hacía años que les abandonó. Mamá apenas estaba en casa y nunca tuvieron una conversación.
—Me lo tragué yo sola —dice, mientras rebusca en la bolsa de plástico y muestra la foto de un niño—. Es el fruto de aquella violación.
Se llama Élison.
—Lo quiero como si fuera mío —suspira.
Dayana pasó todo el embarazo sin salir de casa «de pura vergüenza». Cuando el bebé cumplió cinco meses, una amiga le propuso viajar a Guatemala ilegalmente. El niño se quedó con la abuela. Dayana les manda dinero todos los meses.
—La primera vez fue horrible —recuerda—. Me tocó un cliente borracho. No podía hacerlo, y al final se tumbó en la cama boca arriba y me dijo que yo era muy guapa. Qué asco. Puedo bailar desnuda en la pista, que me soben mientras me invitan a copas, pero cuando los tengo encima no lo soporto. ¿Has visto los tatuajes?
—Los he visto mientras te duchabas.
Abre la toalla y se gira para mostrar la loba.
—La loba —dice— es astuta. Agresiva. Refleja lo que soy yo. Le he puesto un adorno de rosas porque la loba utiliza mi feminidad. Es astuta, pero esta astucia la lastima. Cuando todo termina, la loba se sienta en la cama, mira lo que hizo y se pone a pensar: ¡sucia!, ¡eres repugnante! El cliente no se da cuenta. Por eso soy la loba. Astuta.
—Las rosas...
—Son la debilidad de la mujer por necesidad de hacerlo.”
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