Por Teresa Gurza
1 de marzo de 2010
Es uno de los cinco terremotos más fuertes que han ocurrido en el mundo; acá dicen que fue 900 veces más intenso que el de Haití; y que liberó 500 veces más energía que ese desastre.
Todo crujía, sonaba, bailaba y se caía entre estruendos; y cuando se sentía que el movimiento amainaba, era sólo porque tomaba más vuelo .
Hizo mucho daño; mató a más de 800; el mar se llevó decenas; y hay desaparecidos y gente bajo los escombros.
Lo que abundan en cambio son las réplicas, más de 200, algunas muy fuertes, y el pillaje; por ambas cosas el gobierno declaró el primer estado de catástrofe en democracia, lo que restringe libertades y derechos.
Hubo olas de más de 20 metros en la costa; edificios en el suelo; personas atrapadas, parte del aeropuerto caído, barcos que aparecieron en zocalitos de poblados costeros; locales de discotecas y cafés con piernas cayendo sobre jóvenes aterrados; carreteras bloqueadas, puentes y pasarelas colapsadas, vehículos aplastados; incendios; más de un millón y medio de viviendas dañadas, 500 mil no podrán ya ser usadas; y 13 de los 16 millones de chilenos afectados.
Y sigue habiendo muchísimo miedo; y familias varadas en las carreteras del sur, tratando de volver a sus casas luego de las vacaciones del fin de año escolar; que por cierto, no empezará este lunes sino hasta el día 8.
Sin embargo, los especialistas aseguran que de haber sido en otro país, los daños y muertos serían mucho más; porque Chile tiene normas de construcción antisísmicas muy estrictas.
Yo estaba durmiendo cuando oí un ruido, desperté y noté que Matías mi esposo no estaba en nuestra cama; lo llamé y me respondió que estaba revisando si había dejado alguna lámpara prendida, porque se veía mucha luz.
No eran focos los encendidos, era la luna. Una luna llena, brillante, bella y extraña iluminaba tanto, que parecía estaba amaneciendo; y no sé porqué en esos momentos recordé, el también extraño cielo color turquesa que siguió en México al terremoto de septiembre de 1985.
Nos quedamos un rato viendo esa luz metálica de la luna y ese cielo claro y lleno de estrellas; corría una brisa caliente entre los árboles y se oía un raro susurro como de hojas moviéndose; nos acostamos y nos dormimos. Eran las 3 de la mañana.
Al poco rato toda la casa se sacudía, se azotaba, se estremecía y tronaba; era como estar pasando turbulencias en avión, pero muchísimo más fuerte.
Matías me abrazó para que no saliera corriendo; y así permanecimos mientras en medio de ruidos todo salía de armarios, mesas, libreros y vitrinas para estrellarse contra el piso; o se deslizaba hasta chocar con las paredes y otros muebles.
Las maletas con ropa de invierno, que estaban guardadas en lo alto de los clósets, eran lanzadas como proyectiles; así, durante tres minutos.
Vivimos en el campo en un pueblo llamado Polpaico, ubicado 58 kilómetros al norte de Santiago y a otros tantos de Valparaíso; la casa es fuerte, y aún así se cayó parte del techo de la sala y trozos de yeso de dos habitaciones y un pasillo.
Se rompieron cuadros, espejos, libros, chimeneas, tejas, loza, cristalería y televisiones; el piano quedó patas para arriba y el techo tiene varios hoyos.
No tenemos agua, ni luz, ni teléfono; no hay gasolina y sólo ayer empezaron a funcionar los celulares y eso, a ratos.
Constitución, el puerto del Pacífico ubicado en la desembocadura del gran Río Maule donde nació mi esposo, ya no existe; se lo tragó un tsunami.
Y Talca. la elegante ciudad donde pasó su infancia y que los chilenos comparaban con Paris y Londres, está semiderruída.
Pero somos muy afortunados porque otros perdieron la vida, algún familiar, o todo lo que tenían.
Así viví uno de los 10 terremotos más fuertes del mundo; cinco de ellos han sido en Chile.
Y hay que dar gracias de que ocurrió en el verano austral y no en invierno; porque entonces con chimeneas y boscas prendidas, habría habido incendios en todas partes.
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