Por Soledad Jarquin Edgar
Mujeres y política
Marzo 2010
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Hace 30 meses, en la zona ocupada por el pueblo Triqui en la región de la Mixteca de Oaxaca, desaparecieron dos jóvenes: Virginia y su hermana Daniela Ortiz Ramírez. La primera entonces de 20 años es maestra bilingüe, la más pequeña estudiante de secundaria y tenía 14 años.
Desde el 5 de julio de 2007 nada se sabe de ellas, sólo rumores que llenan de incertidumbre a Antonia Ramírez, su madre, así como a sus primas Emelia y Adriana, quienes de forma valiente han dado seguimiento a la solicitud de búsqueda que nunca inició ni realizó el gobierno que encabeza Ulises Ruiz Ortiz.
El sábado 20 de marzo, en Oaxaca, se elevó un canto de esperanza por Oaxaca misma y por las mujeres triquis en la voz del cantautor argentino Víctor Heredia, quien llenó con sus palabras hechas poemas y sus poemas convertidos en canciones el teatro Macedonio Alcalá.
Invitado a Oaxaca por Georgina Meneses Producciones, Víctor Heredia hizo un largo recorrido por el tiempo musical de sus canciones, por su vida misma que ha dejado en papel pautado, por los años difíciles de la dictadura que convirtió en versos de esperanza, por las lecciones aprendidas frente “a tantos muertos” y el dolor que tradujo en libertad y nuevos sueños.
Invitadas por la cantante oaxaqueña Geo Meneses, Alma, Emelia, Adriana Ortiz García, Matilde Martínez González y Marcela Ortiz subieron al escenario con sus vestidos de hilos de lana roja. Rojos como el color de la sangre que se ha derramado de mujeres y hombres, derivado de un conflicto interétnico que nadie atiende y que los gobiernos ignoran.
A ellas, Víctor Heredia les cantó:“Todavía cantamos, todavía pedimos, todavía soñamos, todavía esperamos, a pesar de los golpes que asestó en nuestras vidas el ingenio del odio desterrando al olvido a nuestros seres queridos.
“Todavía cantamos, todavía pedimos, todavía soñamos, todavía esperamos; que nos digan adónde han escondido las flores que aromaron las calles persiguiendo un destino ¿Dónde, dónde se han ido?”.
Hace 30 meses, cuando desaparecieron Virginia y Daniela, su familia pidió justicia ante las autoridades, porque se sabía quiénes estaban involucrados en aquella desaparición forzada. El entonces procurador Evencio Nicolás Martínez Ramírez hizo mutis y declaró –aún conservo la grabación- que “no podía arriesgar a su gente” para buscar o investigar qué había sucedido a las dos mujeres, pues temía que asesinaran a sus policías. Hoy ese funcionario inoperante es el Secretario General de Gobierno.
Estos 30 meses equivalen a más o menos 900 días de angustiosa espera, 21 mil 600 horas de incertidumbre, cerca de un millón 300 mil minutos de dolor profundo que nada calma, que por el contrario se hace más grande frente a la impunidad que propicia el olvido, sobre todo el olvido del Estado.
La misma suerte de injusticia e impunidad han corrido las locutoras Teresa Bautista y Felícitas Martínez de la Voz que Rompe el Silencio, asesinadas de manera cobarde un 7 de abril de 2008, es decir hace casi dos años. Ellas también eran triquis y vivían en el municipio de San Juan Copala.
A diferencia del primer caso, el de las muy jóvenes locutoras fue atraído por la Procuraduría General de la República, que al igual que la fiscalía de Oaxaca nada han hecho para castigar a los asesinos.
¿Por qué razón estos casos no han sido aclarados? Y volvemos a esa vieja conclusión feminista que señala que la discriminación es un problema real por ser mujeres, por ser indígenas y por si fuera poco tienen el agravante de la pobreza. Y esas son las razones y no el conflicto político que vive la zona, donde cuatro grupos políticos se disputan el control territorial y el poder de unos sobre otros, lo que deja a las mujeres en condición de vulnerabilidad y son, como se ha documentado, “trofeos” en una guerra interétnica, que las autoridades local y nacional prefieren ignorar. Porque a quién le interesa que a las triquis –mujeres, indígenas y pobres- las violen, las despojen de sus propiedades y las obliguen a vivir lejos, muy lejos de sus pueblos y familias.
Sólo en la comunidad de El Rastrojo hay unos 50 huérfanos y una cifra similar de niñas y niños que viven con los abuelos y abuelas, con tíos y tías o con los vecinos cuando éstos pueden hacerse cargo de ellos, ya que sus padres y madres han tenido que salir para evitar ser asesinados.
Ulises Ruiz no es el único responsable por omitir la violencia en la zona triqui, pero es sin duda el más responsable por no emprender políticas encaminadas a resolver el problema de marginación en que viven esas comunidades habitadas por ese grupo étnico. El otro responsable, Felipe Calderón está ocupado en justificar la otra violencia.
Por eso, el canto de Víctor Heredia llenó de esperanza el suelo de Oaxaca, donde a pesar de todo, “Todavía cantamos"…
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