Por Dixie Edith
para SEMlac
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Los debates en torno a diversos conflictos sociales son habituales en la vida profesional del doctor en Ciencias Psicológicas Manuel Calviño, profesor de la Universidad de La Habana y comunicador con amplia experiencia en los medios audiovisuales. Esta vez conversó con SEMlac acerca de la violencia que asoma en muchos espacios públicos de la vida cotidiana.
¿Dónde nace la violencia social?
Ese tema no lo podemos analizar separado de tres aspectos fundamentales. El primero es la absolutamente loca carrera hacia la violencia que se produce hoy en el mundo, y de la cual las guerras, las agresiones, el terrorismo, son apenas una cara. Por suerte, para el ciudadano medio del planeta, incluidos los cubanos y cubanas, esta es una violencia que se visualiza, se recibe, desde la distancia, independientemente de la sensibilidad que provoca, de que uno pueda sentir en un momento determinado el dolor del otro.En ese camino estamos experimentando una suerte de asimilación cultural de la violencia, que se traslada a otros escenarios. Los modos de cantar, de bailar, la gestualidad, el modelo de las relaciones interpersonales de hoy están cada vez más matizados por una sobredosis de agresividad. Lo podemos apreciar en la televisión, en los espectáculos musicales, en los vocablos que están de moda.
¿Y en segundo lugar?
El segundo aspecto es una tesis que defiendo en mi discurso profesional, teórico. Hace poco decía en un congreso del sector que vamos a extrañar la neurosis. Para los psicólogos, la neurosis contiene un elemento esencial, sobre el que trabajamos en la práctica clínica: la persona neurótica es alguien que quiere, pero no puede; no sabe cómo conseguir lo que busca, se siente obstaculizado y sufre por eso. Es alguien que, aún neuróticamente, está intentando vivir, adecuarse a la vida y formar parte de los patrones sociales.Pero lo que esta viniendo ahora es la generación del "no me importa", de la indiferencia. Es un movimiento que yo denomino "de la neurosis a la perversión". Y no porque sea exactamente una patología. Digo perversión porque, en psicología, la perversión se caracteriza por la ruptura de la norma, la ruptura de los patrones. En este sentido, hay una suerte de des-socialización muy grande. La figura del otro está dejando de tener importancia.
¿De qué otras formas se manifiesta?
Tiene mucho que ver con el impacto de las tecnologías "de la incomunicación", como yo les llamo. La gente no se habla, la comunicación se establece desde la distancia. En teoría psicológica ya nos lo habían anunciado: se llama la muerte del sujeto. Implica la pérdida de referencia del concepto de grupo, de familia, de sociedad, de país. Y cuando a uno no le importa el otro, ni la familia, ni el grupo, no le preocupa ser agresivo. Cuba es cada vez más una isla solo geográficamente y, en consecuencia, aunque la violencia llega más disminuida, no escapamos a esa tendencia.
Usted hablaba de tres aspectos que había que tener en cuenta al hablar de violencia social. ¿Cuál es el tercero?
Uno de los documentos que más me gustó del pasado Congreso de la Unión Nacional de Escritores y Artistas de Cuba (UNEAC) fue, justamente, el referido a la ciudad, la arquitectura, los espacios urbanos. Una de las primeras cosas que estudió la psicología fue el efecto de las distancias personales, físicas y sociales en el comportamiento. Estamos sufriendo, a nivel mundial, una aglomeración de los espacios físicos vitales que conlleva también a la violencia. Si sumamos que convivimos, día a día, con manifestaciones de violencia, que los medios de comunicación transmiten muchos contenidos violentos, todo eso tiene un efecto colateral.
¿Alguna propuesta de solución?
Tenemos que recuperar un papel más activo de los disciplinadores sociales; y hablo de disciplinadores, no de represores. Me refiero a maestros, líderes comunitarios, la propia familia, entre otros. Y también estudiar las ofertas de los medios de comunicación, la distribución de los espacios públicos, culturales, de encuentro de las personas. No lo vamos a resolver de golpe, pero sería un buen comienzo.
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